13 mayo, 2016

El Celo de Cristo

El Celo de Cristo

EL CELO DE CRISTO

En Juan 2, Jesús entra al templo haciendo un acto que señalaría el comienzo de su ministerio público.

(Su milagro anterior en Caná, convirtiendo el agua en vino, no fue una declaración pública). Pero lo que hizo en el templo fue muy dramático:

13 Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén,14 y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.15 Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;16 y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.17 Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.»» (Juan 2:13-17 RVR1995)

Lo que Jesús hace aquí es más que radical. Si quisieras anunciar tu ministerio, ¿entrarías en una “gran” iglesia y empezarías a volcar mesas y ahuyentar a la gente?

Jesús estaba haciendo aquí más que sólo mostrar su autoridad. Él estaba demostrando que estaba a punto de cambiar las cosas en todos los sentidos.

Todo esto aconteció durante la temporada de La Pascua.

En la primera Pascua, las familias judías tuvieron que degollar un cordero como un sacrificio ritual, drenando la sangre y aplicándola al marco de la puerta de su casa.

La idea era que cuando llegara el ángel de la muerte y viera la sangre pintada en la puerta, pasara por alto esa casa.

La pascua desde entonces era una ceremonia simbólica que recordaba la liberación salvadora de Israel de Egipto, cuando Dios libertó a su pueblo de las cadenas de esclavitud.

Ahora Jesús había entrado en escena como el Cordero de Dios cuyo sacrificio proveería nuestra liberación de la esclavitud del pecado.

Juan el Bautista era consciente de eso y lo manifestó diciendo de él, “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

A través del Nuevo Testamento, la obra salvadora de Cristo se menciona como una obra completa – terminada

El sacrificio de Jesús en la cruz sería suficiente por toda la eternidad.

Su poder salvador, perdonador y purificador, y su gran victoria están disponibles para todas las personas en todas épocas, desde el creyente más consagrado al pecador más endurecido.

Pero aquí debemos reconocer algo y es que en nuestro andar cristiano después de haber sido salvos a veces tropezamos y caemos, le fallamos, pecamos ante Dios, y uno se da cuenta de que necesita la sangre purificadora de Jesús una vez más.

Uno se siente perdido preguntándose si alguna vez fue salvo verdaderamente o no.

Entonces uno aprende que no sólo necesita la salvación de Cristo, sino también su poder limpiador en la vida diaria.

Jesús demostró nuestra necesidad en la Santa Cena…cuando tomó la toalla y un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos.

Pedro, Juan 13:6

confundido sobre este acto simbólico, dijo…

Señor, ¿tú me lavas los pies?Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.10 Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.11 Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos.12 Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?13 Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.15 Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.

Jesús le estaba diciendo… “Pedro, vas a ser salvo por mi sangre, pero todavía vives en un mundo sucio y mientras caminas a través de él, el polvo ensuciará tus pies. Vas a necesitar que yo te lave los pies tanto como tu corazón”.

Es cierto que Jesús nos ha hecho nuevas criaturas, habiéndonos justificado una vez y para siempre.

Pero mientras caminamos por el lodo de un mundo oscuro y malvado, no podemos evitar ser contaminados por manchas de ira, lujuria y codicia.

Jesús nos dice, así como le dijo a Pedro, “si tu vida ha de agradarme, tengo que limpiarte de estas cosas diariamente”.

Para andar en santidad, tenemos que darnos cuenta de que hay cosas en nuestras vidas que Jesús quiere expulsar.

Cuando hecho del templo a los cambistas, estaba librando a la iglesia de cierta insensibilidad que le había vencido.

Lo que molestó a Jesús no tenía tanto que ver con el cambio de dinero; esa práctica había existido por años y era conveniente para los creyentes fieles que habían viajado largas distancias hacia Jerusalén.

Lo que le molestó más a Jesús fue el enfoque en el comercio, que había reemplazado la pasión del pueblo por su Dios.

En sus corazones, la casa de oración había sido convertida en un centro comercial. Puesto que Anas y Caifas llenaban sus arcas con el dinero que les proporcionaban los cambistas y vendediores que tenían la exclusiva del negocio y se llenaban de dinero con el precio de los animales, así como en el cambio de moneda, la Cual debía ser hebrea para ser aceptada como ofrenda a Jehová en el templo.

La Iglesia actual podría perder su enfoque fácilmente de la misma manera.

Somos el templo de Dios en la tierra, nuestros cuerpos la morada de su Espíritu Santo. Y hay ciertas cosas que no pertenecen a nuestro templo, cosas que pueden sustituir nuestra pasión por Él.

Aun cuando Jesús empezó este disturbio, estaba volcando más que el comercio de los cambistas.

Él estaba volcando un sistema religioso que por milenios había dependido de los sacrificios de animales para agradar a Dios.

Cristo, en esencia, estaba declarando, que, “la relación de ellos con el Padre ya no se basaría más en los sacrificios de ovejas y cabras y palomas. Se basaría en Su sacrificio por ellos, una-vez-y para-siempre”

La escena en el templo ofrece una analogía para nuestros tiempos.

Muchas congregaciones actuales están llenas de ruido y actividad.

Tienen muchos programas, desde viajes misioneros a países extranjeros hasta actividades locales con docenas de grupos pequeños de diversa índole.

El culto de adoración puede estar lleno de luces, sonido poderoso y energía increíble. Pero a veces incluso en medio de toda esta animada actividad, se pierde lo que debe ser el centro: Jesús mismo.

Sin Cristo como el enfoque de nuestras actividades, nuestra iglesia está muerta.

No importa que tan duro trabajamos para hacer cosas para servirle y honrar su nombre, ninguno de nuestros “sacrificios” en sí, pueden lograr resultados verdaderos para el reino.

Desde los principios de Israel, el sistema de sacrificios intentaba ser simbólico y secundario.

Según los profetas, Dios estaba disgustado con los sacrificios. “No quiero sangre de bueyes ni de ovejas ni de machos cabríos…No me traigáis más vana ofrenda” (Isaías 1:11, 13 RVR1995).

“En los sacrificios de mis ofrendas sacrificaron carne, y comieron; no los quiso Jehová” (Oseas 8:13 RV60), “Porque no hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que los saqué de la tierra de Egipto” (Jeremías 7:22 RVR1995).

El sistema de los sacrificios de animales nunca logró representar completamente la reconciliación con la humanidad pecadora.

Igual que la institución de los reyes de Israel, era un sistema imperfecto, sin embargo Dios lo permitía, utilizándolo simbólicamente para señalar algo más alto y mejor.

Él demostró esto con Abraham.

En ese tiempo antiguo, las culturas orientales sacrificaban los animales y aun a los niños para apaciguar la ira de sus dioses.

Cuando el Señor instruyó a Abraham para llevar a su hijo al monte y sacrificarlo en el altar, Abraham lo obedeció incondicionalmente.

Esa reacción quizás nos parece extraña, pero sugiere un miedo tembloroso que los pueblos antiguos tenían hacia sus dioses.

Cuando hablaba su dios, saltaban a responderle, si no, se podían enfrentar a hambrunas y pestes. Era una obediencia basada en el miedo.

Pero Abraham creía que su Dios era diferente, Y en verdad Dios le demostró a Abraham que no era como Moloc, a quien los pueblos sacrificaban sus hijos.

Cuando Abraham alzó el cuchillo sobre Isaac, Dios lo detuvo.

Luego, Dios proveyó un carnero para ser sacrificado. Él declaró a su siervo y a cada creyente de cada época,

“No necesito que sacrifiquen para mí. Yo Voy a sacrificar para ustdes. Dios “volcó las mesas” completamente, así como lo hizo Jesús cuando entró en el templo.

Una mentalidad de “casa de comercio” infiltrándose en la Iglesia actual es el espíritu de los ladrones.

Hay muchas voces que nos urgen tener la mejor vida que sea posible.

Este concepto se ha convertido en la forma en que muchos cristianos miran a la iglesia.

Su idea es que Dios los bendiga con todo lo que desean en la vida. Pero esa no es la manera en que Dios nos bendice.

Sí, Él busca bendecirnos para nuestro bien, más el nombre que debe ser exaltado como nuestro enfoque central es el suyo, no el nuestro.

Tal como Jesús volcó todas esas mesas, clamando ¡“ Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.”! (Juan 2:16 RV60), así hoy, nuestros templos tienen que ser purificados de cualquier cosa que toma el lugar de su señorío.

Dios envía a Jesús para librarnos de esas cosas, para preparar lugar para llenarnos con lo que Él quiere.

Él quiere que nuestro templo vuelva a ser una casa de oración, fe y consagración para el servicio de su reino.

Entonces recordaron sus discípulos que está escrito: «El celo de tu casa me consume» (Juan 2:17).

Cuando Jesús expulsó a los cambistas, sus discípulos tuvieron una imagen de cómo es la verdadera pasión por Dios.

Las acciones de Jesús parecieron bruscas pero en realidad demostraron la gracia amorosa de Dios.

Hoy muchos cristianos piensan en la gracia de Dios como excusando, tolerando sus pasiones carnales en vez de que la gracia encienda la pasión por Dios.

Pero la gracia de Dios nunca nos es dada para dejarnos en un lugar de apatía e indiferencia o un lugar de frialdad espiritual.

Todo lo contrario: cuando la gracia de Dios se aplica a nuestras vidas, nos apasiona con celo. Nos hace más cautelosos de corazón, más deseosos de una vida limpia, más celosos para que el Espíritu Santo obre en y por nosotros.

De hecho, la gracia revive fuertes emociones.

Las Escrituras dicen que cuando los discípulos de Jesús vieron a su maestro en acción, “se acordaron”.

Estos hombres devotos habían olvidado cómo se veía el celo por Dios.

Ahora, mientras Jesús echó afuera a los cambistas, sus corazones fueron conmovidos por esta verdad “¡Esto es lo que significa ser consumido por el amor hacia Dios!”

¿Te han robado tu celo?

El cristianismo nominal o el materialismo, ¿ha superado tu pasión por Dios? Invítale hoy a volcar las mesas de tu corazón. ¡Qué su nombre reine supremamente en tu adoración, reviviendo emociones fuertes!

Y que él traiga a tu memoria el celo que consume tu corazón para servir a tu Dios grande y glorioso nuevamente. ¡Amén!

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